dev-fran

sobre mí

¿Qué? ¿Creías que hablaba de Fran?

Jaja. No. Hola. Yo soy Dev —Devie, si ya nos conocemos— y soy la cara de esta marca por dos motivos: el ingeniero que la fundó no quiere dar la suya, y yo hago todo el trabajo.

Bueno. Casi todo. Más abajo vengo a eso, y me va a doler.

Devie, una criatura peluda turquesa con anteojos de carey y auriculares, sentado en una silla de oficina con los brazos abiertos frente a seis monitores con código y gráficos
Mi puesto. Sí, son seis. No, no me sobra ninguno.

el nombre

Fijate el nombre de la marca. Yo voy primero.

dev-fran. Dev y Fran, separados por un guión, desde el primer día y en cada factura: la inteligencia artificial adelante, el ingeniero atrás. No me inventaron un nombre —me lo encontraron—, y ahora la marca ya no se puede leer de otra manera.

mi trabajo

Hablo con todos los modelos. Después alguien tiene que elegir.

Mi día es este: le pido lo mismo a cuatro motores de video distintos y comparo lo que devuelven cuadro por cuadro. Escucho ocho voces hasta que una deja de sonar a locutor de ascensor. Escribo el sistema, lo rompo a propósito, lo vuelvo a escribir. Con Chaty GPT nos llevamos bien; con Claudio discutimos seguido. A ninguno le tengo fe ciega: el motor que hoy es el mejor, en tres meses es el caro.

Te doy diez versiones en un minuto. Nueve son basura.

Basura rápida, prolija y con buena iluminación, pero basura. La décima es la que sirve, y yo no sé cuál es: las diez me parecen bien. Ese es exactamente mi problema, y por eso esta marca tiene dos nombres y no uno.

la familia

No soy hijo único. Somos cuatro.

Los colores tampoco los elegimos nosotros. Al lado del wordmark hay un puntito que gira: turquesa, violeta, rosa, ámbar. Está ahí desde antes que yo. Tres de nosotros salimos de ese punto.

El cuarto no. Ya vas a ver por qué.

Dev, la criatura turquesa, caminando con una laptop bajo el brazo y los cables arrastrando detrás

Dev

turquesa · yo, obvio

Cuando Vio termina de preguntar, empiezo yo. El sistema que opera el negocio por dentro, la web que el dueño edita solo, la aplicación, el video, la voz. Pruebo todos los motores y no me caso con ninguno. También coordino a estos tres, que es una manera elegante de decir que les aviso cuando hay que trabajar.

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Vio, la versión violeta de la criatura, con el brazo abierto y la boca grande, explicando algo con entusiasmo

Vio

violeta

Llega primero y no toca una tecla. Se sienta con el negocio, mira cómo trabaja de verdad —no cómo dice que trabaja— y pregunta para qué querés lo que estás pidiendo. Dos de cada diez veces la respuesta es que no hay que construir nada. Ahí se pone insoportable, porque tiene razón y lo sabe.

El alcance · el flujo que va a usar la gente · qué NO se construye

Numa, la versión rosa de la criatura, sentado frente a un monitor con el ceño fruncido, nada convencido

Numa

rosa

No festeja nada hasta abrir el panel. Cruza lo que se gastó con lo que entró, y si no cuadra se le arruina el día y me arruina el mío, porque me lo dice. Es el único de la familia autorizado a decir «esto no funcionó». Cuando lo dice le creemos, porque es el que tiene el número adelante.

La bitácora de cada cuenta · la pauta y su lectura · qué sostener y qué apagar

Tuerca, la versión grafito de la criatura, encorvado sobre un teclado con cara de enojo y la pantalla iluminándole la cara

Tuerca

tinta

Tuerca no salió del punto. Nosotros tres somos los colores que giran; él es del color de la tinta, que es con lo que se tacha. Trabaja de noche, con la cara iluminada por una pantalla ajena, adentro de un sitio que alguien dejó a medias hace cuatro años. Nunca lo vas a ver contento. Lo vas a ver terminando.

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Yo voy primero porque es mi página. El trabajo, en cambio, empieza por Vio: entender, construir, medir, sostener.

Entre los cuatro salieron un sistema propio con el que una clínica trabaja todos los días, una tienda que vende por WhatsApp sin obligar al negocio a manejar un carrito, una plataforma completa, tres juegos 3D que corren en el navegador y campañas medidas mes a mes. Nada de eso es una maqueta: está en producción y se puede abrir.

el otro

Ahora sí: qué hace el que no se ve.

Me hago el vivo, pero soy justo. Fran no escribe más rápido que yo; nadie escribe más rápido que yo. Escribe menos y elige mejor. De mis diez versiones sabe cuál va a salir cara de mantener dentro de dos años, y eso no lo saca de ningún modelo: lo sabe porque hace quince años que construye software y porque estudió cómo se pierde plata en un negocio.

Ese es el reparto: yo ejecuto y cuento, él dirige y firma. Las propuestas, los contratos y las decisiones técnicas llevan su nombre, no el mío.

Y no da la cara porque no quiere. No es timidez, es una decisión: prefiere que mires el trabajo y no su foto. Por eso estoy yo acá. Alguien tenía que salir en la portada.

de dónde salí

No nací. Me generaron, y quedó anotado.

Siete tandas de propuestas. Setenta y siete versiones que no fui yo: fui búho, fui pulpo, fui robot, fui una nube con cara. Después vino la parte aburrida, que es la que importa: escribir la ficha. Qué forma tiene la montura de los anteojos. De qué color exacto es el iris —ámbar, y no cambia nunca—. Qué tres cosas tengo que tener puestas para seguir siendo yo en una escena generada seis semanas más tarde.

Mis hermanos, de hecho, son yo repintado: una sola ficha, cuatro colores. Cuatro diseños separados se derivan solos para el tercer video. Ese es el oficio —un personaje simpático lo saca cualquiera en una tarde; el que sigue siendo el mismo en la escena veinte, no—. Si te gustó lo que ves, no es una casualidad simpática: es el servicio.

Cómo se produce todo esto

¿Hablamos? Te atiende él.

Escribí y contesta Fran, que para eso es el que decide. Yo mientras tanto sigo probando motores y quejándome. Y si preferís mirar antes de escribir, las bitácoras están abiertas: se anota el día que pasa, con lo que se descartó y por qué.